Siendo niño, mi nuevo profesor me dijo: “hay que cambiar tu tomada por una Continental”.
Debo confesar que me invadió la inquietud, ya que lo desconocido me atemorizaba.
Intenté impactar la pelota con la empuñadura indicada.
Pero fue imposible, por lo que la clase para mí resultó desagradable y no volví más.
Me pareció una prueba insuperable, de lo incómodo que me sentí
Y tenía razón, pues un cambio de tomada constituye una de las situaciones más complejas para un jugador, de cualquier edad y nivel.
Al inicio el tenista se siente perdido, pues se abandonan sensaciones conocidas por otras ajenas, modificación técnica que lleva tiempo asimilar.
Entonces, junto a su entrenador tienen que estar seguros de la necesidad de esa modificación.
Un cambio de tomada busca que el golpe sea técnicamente correcto y, como consecuencia, más eficaz y eficiente, con lo que se reduce el riesgo de lesiones, y se amplía el abanico táctico del tenista.
Sin embargo, se debe saber que un cambio de tomada puede alterar el gesto técnico del golpe; modificar el punto de impacto o alterar la velocidad y efecto que se le imprime a la pelota.
Así que antes de lanzarse a cambiar una empuñadura, resulta fundamental definir cuál es el problema del jugador y lo que se persigue.
Además, se debe acertar en cuál es la tomada idónea para resolver la limitación del tenista, con el fin que logre su objetivo con la mayor facilidad posible, de acuerdo a sus características.
Mucho tiempo después de lo que narré al principio, a mis diez y ocho años, un destacado entrenador me cambió las tomadas de todos los golpes, menos la del derecho.
Estuve varios meses sin ser capaz de sostener un peloteo con regularidad, ni menos jugar puntos a un nivel aceptable.
Hasta que un día todo se integró y lo que sentía extraño e incómodo, pasé a percibirlo como propio y confortable.
Tuve que atravesar el infierno, para dar un salto de calidad en mi tenis.
Y aunque nunca se lo dije a mi entrenador de entonces, se lo digo hoy: ¡gracias!