Se puede perder un partido de tenis en un torneo. Eso figura entre las posibilidades.
Pero existen distintas formas de perder.
Y ésta es de las peores.
Veo a buenos jugadores derrotados por un rival inferior, solo porque tienen miedo.
En vez de ser agresivos e imponer sus términos, caen en el juego de su adversario, empujando la pelota en lugar de pegarle.
Terminan siendo unos tenistas asustados, abúlicos, sin valentía, corazón, vergüenza deportiva, ni rebeldía para revertir el marcador, al ver que se les escapa el partido.
Resignados, sin alma, dignidad, ni ganas, esperan que su oponente les dé el tiro de gracia, lo que les hace sentir alivio en vez de rabia.
No se dan cuenta que es mejor perder tirando la pelota afuera por ser ofensivos, pues por último muestran coraje, orgullo y marcan presencia sin traicionarse.
Porque cuando un jugador de tenis deja de ser fiel a sí mismo, ése es el principio del fin.
Casi todos los tenistas sienten miedo, pero algunos lo superan y otros no.
Como una forma de evitar que el miedo lo invadiera, al devolver en un punto clave, un coach le dijo a su pupilo: “Pégale a la pelota y que sea lo que tenga que ser”.
La expresión “que sea lo que tenga que ser”, se relaciona con aceptar lo inevitable.
Hay pelotas destinadas a caer dentro de la cancha, aunque el jugador las impacte con el marco o las enganche.
Y también existen pelotas cuyo destino es irse fuera o a la red, por mucha aplicación que ponga el tenista.
Eso forma parte de lo que no se puede controlar.
Y solo queda aceptarlo.
Si el jugador hizo todo lo posible para no fallar en ese momento crucial y a pesar de eso cometió un error, era lo que debía ocurrir.
Aceptarlo se vincula con saber convivir con lo destinado a ser de una cierta manera, pues estaba escrito que sería así.
En consecuencia, jugar con miedo por temor a fallar no sirve de nada.
Porque lo que tenga que pasar, pasará sin que nada ni nadie pueda impedirlo.
Así que lo mejor es respirar hondo, prepararse con calma para devolver o sacar bien enfocado, pensar positivo olvidándose del miedo, pegarle firme a la bola y ver qué pasa.